DAR EN EL BLANCO SIN TIRAR LA FLECHA
Hay paradojas en la vida que no dejan de sorprendernos, como
un antiguo tratado chino llamado “El Arte de la Guerra” que, en realidad, es
una guía para la paz. Otra de esas paradojas la podemos encontrar intentando
contestar a la siguiente pregunta: ¿Es posible dar en el blanco sin tirar la
flecha?
Tal vez no te interesen las flechas y los blancos, pero… ¿no
pasamos toda la vida intentando dar en algún blanco? ¿Es que no estamos siempre
intentando alcanzar algún objetivo? ¿Por qué nos apresuramos tanto para llegar
a… ningún sitio? ¿Cuál es el blanco que más anhelamos alcanzar en lo profundo
de nuestro corazón?
Hoy quería compartir contigo mi experiencia recorriendo un
camino que, aunque no conteste todas tus preguntas, te puede ayudar a dar en el
blanco de tu vida.
Viajemos ahora en el tiempo y el espacio. Retrocedamos unos cuantos
años y recorramos miles de kilómetros. Estamos a 2.000 metros de altitud, en un
prado verde, entre los árboles de unas inmensas montañas. Cinco personas con
faldones negros se desplazan suavemente en una lenta y precisa coreografía. La
dignidad y elegancia de sus movimientos transmiten una presencia auténtica que
te deja sin palabras, sin pensamientos.
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Shibata Sensei XX |
Un anciano japonés observa con atención a cada uno de ellos.
Silencio. Los arcos se elevan en ese inmenso espacio. Con la mirada fija en un
blanco lejano, los brazos se separan lentamente tensando los arcos, que se
incurvan hasta límites insospechados. Silencio. ¡He! Las flechas surcan
silbando el espacio. Silencio. Con los brazos completamente extendidos los
arqueros siguen mirando un blanco invisible. Con la misma lentitud y elegancia
con que llegaron se retiran, dejando un espacio vacío que ocupará con dignidad
otro grupo de arqueros.
Es muy difícil poner en palabras lo que sentí al ver por primera vez esta
práctica. De alguna manera intuí que había mucho más de lo que se veía como
simple espectador. Así que… decidí recorrer personalmente este camino de
meditación en acción para descubrir lo que no se veía.
Cuando te adentras en cualquier camino espiritual o de
conocimiento personal, parece habitual descubrir cosas que no esperas y que a
veces no te gustan. ¡Cuánto nos gustaría saltarnos el penoso esfuerzo, largo y
aburrido, de la transformación! Quisiéramos pasar de nuestra ignorancia y
confusión a la claridad y el conocimiento en un abrir y cerrar de ojos. Pero…
¿tendría valor el fruto sin el proceso de maduración?
Dispuesto a convertirme en uno de esos elegantes y dignos
arqueros, allí estaba yo, repitiendo una y otra vez los mismos movimientos,
sencillos en apariencia. Lo primero que aprendí fue “Las Siete Coordinaciones”
(Shichido). Así comienzas a dar tus
primeros pasos en este camino del arco (Kyudo).
Antes que nada, hay que encontrar la actitud, o corazón correcto, y
fundirte con el arco y la flecha formando una sola unidad. Sientes la llamada
del blanco y sitúas tu cuerpo en relación con él. Asientas firmemente tus pies
en el suelo, como si echaran raíces dentro de la tierra. Tus piernas abiertas
están fuertes y firmes como una montaña cuya cumbre reúne la fuerza en un punto
de tu vientre. Por encima están tronco, cabeza y hombros relajados y flexibles,
como las ramas de un gran árbol.
Con movimientos precisos y lentos colocas la flecha y elevas
el arco por encima de tu cabeza, casi rozando el cielo. Como dibujando un arco
iris sobre ti, separas las manos tensando el arco, abriendo tu corazón. Cuando
llegas a ese punto, completamente abierto entre el cielo y la tierra, la
energía de ambos parece reunirse en ti mientras mantienes la tensión. El
momento madura y… ¡He! La flecha sale disparada como con voluntad propia.
Manteniendo la mirada en el blanco y la flecha clavada en él, contemplas un
inmenso espacio sin palabras, sin pensamientos. Contemplas… tu propia mente.

Y así sigue. Después de dos días aprendiendo los movimientos y
cómo colocar cada parte de mi cuerpo, tiré mi primera flecha.
No fue como yo esperaba. No hubo ninguna emoción intentando
darle a un blanco lejano. De hecho, no podía dejar de darle teniéndolo a esa
distancia. Bueno… aunque no lo creas, algunos consiguen lo imposible de vez en
cuando.
Pero hay que seguir. Repites una y otra vez los lentos movimientos, los tiros
sin objetivo. Colocas tu cuerpo, sientes la tierra, abres tu corazón y olvidas
tus expectativas. ¡Qué difícil es no intentar alcanzar un objetivo! ¡Cuánto nos
cuesta disfrutar del proceso sin preocuparnos por el resultado!
Como en toda técnica, en el kyudo el principio es lo más duro.
Los primeros días de aprendizaje acabas realmente cansado, sobre todo
físicamente. Mantienes cada postura hasta que te la corrigen una y otra vez.
Cuando empiezas a enlazarlas una tras otra, parece imposible recordar todos los
detalles. Cuando colocas bien los pies, se te va el arco. Cuando apoyas el arco
en tu pierna se te olvida elevar los codos y, cuando parece que todo está en su
sitio, te encuentras con los hombros encogidos por la tensión. Pero es sólo el
principio.
Cuando, a fuerza de repetir y ser corregido, consigues
relajarte y todo se desarrolla de una forma natural, tu mente está más libre
para descubrir otras cosas. Entonces empiezas a darte cuenta de que no hay dos
tiros iguales. Puedes distinguir la diferente ‘textura’ de cada uno de ellos.
En ese momento empiezas a ver cuál es tu ‘textura’, cómo está tu mente, cómo
está tu cuerpo. Cuando sueltas las expectativas del blanco, fluyes con el
movimiento y unes la tierra y el cielo en ti… empiezas a vislumbrar lo que te
puede ayudar a descubrir este hermoso y profundo camino del arco.
Regresemos ahora de nuestro viaje en el tiempo y volvamos al
presente. Quería compartir contigo una última cosa antes de acabar. Cuando
estaba pensando en escribir este artículo y cómo poder expresar cosas que no se
ven y son pura experiencia, me ocurrió algo curioso. Intenté evocar lo que
ocurre durante la práctica imaginando que estaba haciéndola en ese momento. Me
vi moviéndome con lentitud hacia la zona de tiro, sujetando el arco y la
flecha. En ese mismo instante hubo una transformación en mi mente, en mi
actitud, en mi energía. Silencio, paz, atención, conciencia. Sin esperanza y
sin miedo. Es difícil expresar cómo se transformó completamente ese momento.
Creo que este es otro de los aspectos hermosos y realmente
valiosos de esta práctica: lo rápidamente que puede transformar tu estado
mental. No importa lo apresurado que hayas estado durante todo el día o las
preocupaciones que hayan ocupado tu mente. Das los primeros pasos hacia el
blanco y… ahí estás, en ese inmenso espacio. ¿Quieres probarlo?
F. Ayllón
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